A la madrugada, una y cuarto de la mañana, falleció una de mis mascotas. Lloré muchísimo, lágrimas llenas de sal que me rodearon. Estaba medio dormido al enterarme en mi cama lo que sucedía en Misiones.
Me sigue impactando la diversidad del mundo, ¿saben? Cómo mi madre, mi padre y yo estamos hecho pedazos por nuestra perrita muerta mientras muchísima gente, de distintas edades, está de joda aprovechando la hermosa noche. O cómo hay tanta gente durmiendo en la calle, ya fundida en el paisaje citadino.
Hay parejas que están por sus primeras citas, sino la primera. Conociéndose, aún guardando alguna información sensible, que debe dosificarse por las dudas no repeler a la persona deseada.
Hay casi sesenta por ciento de pobreza infantil. De cada diez niños que veas, seis deben ser pobres; lo dice la estadística. Algunos ya están siendo enseñados a pedir limosna, los otros a hurtar, la mayoría se educará en un merendero que cada tanto funge su originaria función escolar para trabajar por un par de chirolas hasta la jubilación. Quizás algunos logren algo mejor.
Ancianos viendo fluir sus últimos años en un geriátrico; cuidadores que sólo esperan para ver a sus niños. Niñas criadas para ser reinas europeas, niñas criadas para fabricar bebés a seres decrépitos.
Por las noches, alguien cocina el pan o imprime los diarios de quienes duermen.
Hay japoneses, principalmente, dibujando y editando lo que millones vemos para satisfacer nuestra vida. ¿Y qué rol le damos al visionado de anime? Millones de opciones para contestar.
Es hermoso vivir. Está lleno de olores, sabores, cuestiones y posibilidades. Pero también es cruel. Me apena muchísimo que Luna no haya estado varios años a regazo de mis padres.
Estoy contento por un detalle: tengo un espíritu sensible al dolor. Puedo conmoverme, asustarme, enloquecer por este mundo delirante. Mi mente funciona, entonces. Eso es bueno e indispensable. También tengo muchas cosas reprochables pero esas van bajo la alfombra ahora.
Como el batallón del anime 86 — Eighty Six para sus sobrevivientes, ahora tengo un motivo más para andar: que mis muertos no queden en el olvido, sólo recordados por diez o veinte personas. Que trasciendan: ese es el objetivo altísimo, lleno de dificultades, de los humanos. Debo tomar el dolor y transformarlo en algo útil.
Ya no deseo cambiar el mundo sino entenderlo y llevar a cabo mis objetivos particulares. ¿Evolución o retroceso? Depende quien observa.
Será, entonces, el momento de cargar la música que me gusta al celular, verificar que la ropa combine y seguir progresando. No hay alternativa viable.
Miraré a la Luna y recordaré tu nombre, con todo lo que no pudo ser y me aseguraré de seguir una orden sencilla: vivir.